Golpee tímidamente la puerta del puente, y abrí despacio sin esperar respuesta. La taza de café tembló en mi mano y una gota resbaló por el costado. Dejé la taza a su lado sin decir una palabra, tal como me habían indicado.
- Eugenia! – tronó la voz a mis espaldas. Me giré de un salto. Seguramente mi inseguridad le hizo gracia, porque largó una risita divertida y en el rostro marcado de arrugas los ojos brillaban como los de un niño travieso.
- Me han dicho que haces bien tu trabajo – dijo volviendo a ponerse serio.
- Gra- gracias.
- Y que estás preocupada por el viaje – agregó casi amenazante.
Quedé petrificada un segundo eterno sin atinar a decir una palabra.
- Aquí lo único importantes es hacer bien el trabajo. No escuchar nada, ni hablar nada. No habrán problemas en el viaje. Le doy mi palabra.
Algo en su voz grave, en su porte firme y sereno, en su cuerpo maltrecho y deforme, me hacían confiar ciegamente en su palabra como en una profecía. Me miró fijamente durante unos segundos y asintió con la cabeza en señal impertiva. Luego se giró nuevamente hacia las cartas que estaba estudiando, olvidado ya del asunto. Confundida y avergonzada desaparecí escaleras abajo. ¿Como pudo saber ? ¿Es que hay micrófonos en alguna parte?
La preocupación por el viaje se desvaneció como espuma entre la arena . El capitán para mi era como un dios, o era Dios mismo. No había nada que él no supiera, o que no pudiera hacer. Eso lo comprobé mucho más tarde, cuando la tormenta en el Mar Rojo, y todavía después, cuando fuimos al desierto. Antes era una cuestión de fé.
Aprendí rapidamente a escuchar con atención sin decir una palabra. Me callé todas las cosas que sabía. Aquella voz de trueno resonó muchas otras veces, y en éstas, no terminaba en risas.
