La primera semana de navegación el mar estuvo sereno y el apenas sentíamos el vaivén de las olas. La rutina del barco era sencilla y nos turnábamos las tareas: mantener el orden en los decks, ocuparnos del crewmess o atender el puente.
Los días que me tocaba crewmess, atender a la tripulación, eran los más entretenidos. Había que poner el desayuno, el almuerzo y la cena.
A las ocho preparábamos la mesa del desayuno. Había que bajar el pan caliente de la cocina, el fiambre cortado y el pescado. También había que poner yogures, cereales, mermeladas y quesos, pero solo lo mínimo porque siempre hay riesgo de que el barco se mueva y se caiga todo.
Las guardias de marineros y máquinas rotaban cada cuatro horas. Siempre había alguien durmiendo y había que hacer todo en silencio.
El capitán bajaba a desayunar a las nueve: una taza de jugo de naranja, té de manzanilla y un bocadillo de jamón serrano. Después, había que subirle un café al puente.Yo tenía terror de subir al puente. La escalera desde el crewmess era estrecha y en caracol, y con la tacita en la mano no tenía de donde agarrarme. En puente casi siempre estaban en silencio, mirando el horizonte con los binoculares o prestando atención a los radares. Cuando el capitán no estaba me quedaba un ratito, mirando con curiosidad los instrumentos, las cartas de navegación y esuchando el reporte del tiempo.
Después bajaba y desayunaba yo: café con leche bien espumoso, magdalenas y una rodaja de pan negro con mi mermelada favorita: frutillas.
Cuando Manolo o Pau entraban a la guardia me pedían que les prepara un café bien rapido, porque siempre estaban medio dormidos. Otras veces le preparaba un bocadillo a Gil para que se llevara a la máquina, o le subía un platito con chocolates a los marineros del puente.
Los días pasaban lentos y serenos, como si no hubiera universo más alla del mar que rodeaba el barco.




